1. Hay que empezar por el principio

Como bien decía estaba yo tan agustito ahí en mi placenta, que fue mi primera casa, sin hipotecas ni nada…Estaba muy agusto, todo techao, calentico en invierno y fresquito en verano, como una bodega vaya, podríamos decir que me estaban madurando como si fuera un vino, Crianza del 85. Vaya que allí todo eran ventajas: podía gritar sin miedo a que los vecinos protestaran, podía ponerme la música a toda leche, la comida me la pasaban por un tuvo, ya masticá y to, asique el esfuerzo era mínimo; ni si quiera tenía que mear ni cagar, todo lo metabolizaba en nuevos aparatejos que me iban saliendo dentro del cuerpo. Ahora lo que sí tenía eran mocos, de hecho tenía casi más mocos que cuerpo. Es la única pega que le pongo a esa época, que fue muy pegajosa, como cuando pones el codo en la barra de un bar y te pringas de lo que hubiera…ya estás encabronao toa la noche…pues igual pero 9 meses.
Luego en la placenta no es todo de color de rosa no os penseis, que cuando mi madre iba a cagar yo me acojonaba y me tenía que agarrar al intestino delgado porque os juro que pensaba que me colaba por el agujero y me iba por el desague; de ahí saqué los fuertes brazos que ahora me caracterizan y esa facilidad para trepar árboles solo vista en los monos y en algún que otro jugador de fútbol.
Y también había momentos divertidos como cuando la gente ponía la oreja en la pared, bueno en la tripa, y yo les metía un patadón. “Uy, este va pa furbolista” Decía mi agüela. Pues sí o pa furbolista o pa skin, una de dos. No es que en serio, no me gustaba que invadieran mi intimidad, ¿o es que os gusta que pongan la oreja en la puerta de vuestra habitación? Hombre por favor, un poco de respeto a los niños.
¿A que molaba mi casa? Pues el próximo día os cuento el día que me nominaron y la tuve que abandonar, que fue algo curiosete Gibernau.
¡¡Saludetes!!


